sábado, 21 de febrero de 2009

Bárbara


Pese al título, ésta historia no tiene como protagonista a Bárbara, ella (como con el transcurso del relato usted se dará cuenta, querido lector) no tendría el peso suficiente como para encarnar tal rol. Esta historia la protagoniza Juan, porque es él quien la vive, la sufre y quien toma la errónea decisión que da motivo a estas líneas.

Un 20 de diciembre, junto con los últimos estertores del año, Juan recibió por fin el sí de Juliana. Luego de meses de arduo trabajo, su chica especial le había aceptado la invitación para salir esa noche.

Juliana era realmente muy bonita. No era muy alta, más bien era bajita, pero daba con el tipo físico que Juan adoraba: petisa con grandes curvas. Su largo cabello rojizo hacía juego con sus enormes ojos y con sus pintorescas pecas, y era el marco perfecto para su blanquísimo rostro. Era una chica muy aguda e irónica, aparentaba más edad que sus escasos diecinueve años.

Juan la había conocido en un curso de inglés y había quedado totalmente cautivado (más allá de lo físico anteriormente detallado) por la preciosista pronunciación de la pelirroja y por su combativa ideología política.

Hasta acá, todo ocurría de manera ordinaria, la historia de Juan no se hubiera transformado en algo digno de contar de no haber sido por lo que estoy a punto de narrar.

Ese mismo día (uno de esos días obviamente influenciados por los astros), aconsejado por su amigo Tomás, un pionero de la metrosexualidad vernácula, Juan decidió ir a una cama solar. No era lo de él, pero sabía que valía la pena el esfuerzo para verse lo mejor posible ante Juliana.

Tomás lo pasó a buscar en su auto (nuevo, muy caro y muy lujoso, por cierto) y fueron juntos hacia el palacio de la coquetería unisex. Ni bien entraron, sucedió el encuentro que haría que la calma mutara en tormenta. Juan levantó la vista y vio a la mujer más hermosa que había visto en su vida. Se sintió tan atraído que no podía dejar de mirarla. Para su suerte (o desgracia), el flechazo fue mutuo. Asombrado, Juan era testigo de que esos ojos celestes habían quedado entrelazados con los suyos.

La descripción de Bárbara realmente merecía un párrafo aparte. Un metro setenta y ocho; noventa, sesenta, noventa (ni un milímetro más, ni uno menos); cabello muy rubio; las piernas tan largas y tan exquisitamente torneadas que harían reventar de envidia a la misma Afrodita; ojos grandes del color del cielo, como mencioné anteriormente; rasgos pequeños y delicados. En fin, era perfecta según los cánones de la cultura occidental.

Como en trance, Juan la invitó a salir esa misma noche. Bárbara aceptó y así, sencillamente, quedaron todas las piezas en sus respectivos puestos como para que comenzara a desatarse el drama.

Una vez que la chica salió del lugar, Juan fue abrazado por Tomás y vivado por todos los presentes, pero su felicidad se hizo añicos contra el piso cuando recordó que esa noche tenía un compromiso con Juliana. Primero maldijo la ley de Murphy, luego a los dioses tan propensos a interferir con su sádico humor y, por último se resignó a su suerte.

Aconsejado (amenazado) por Tomás y el resto de los varones que lo rodeaban, Juan tomó el celular, inventó una ridícula excusa y canceló su cita con Juliana. Luego se recostó en la cama solar y comenzó a imaginar cómo sería la mejor noche de sexo de su vida junto a la mujer más hermosa del mundo. Tanto resplandor no lo dejaba ver la realidad.

Juan pasó a buscar a Bárbara por su casa con el lujoso auto de Tomás. Llegaron a uno de los restaurantes más caros de Puerto Madero. Durante la cena todo parecía normal, pero Juan percibía que algo andaba mal, algo difícil de explicar con palabras, pero fácil de sentir en los huesos. La chica parecía desconectada de la realidad (absurdamente mucho más que otras de características similares) hablaba poco y de cosas superficiales. Pero lo que más lo incomodaba a él era que ella se reía ampulosamente ante cada comentario gracioso que surgía, por más leve que fuera. La incomodidad se hacía más asfixiante por la mirada inquisidora del resto de los clientes y los empleados de ese lugar tan exclusivo y paquete.

Lo único que lo hacía mantenerse con ánimo y postergaba las comparaciones con la cancelada cita con Juliana, era la certeza de que el sexo con Bárbara sería la experiencia más memorable de su vida. Y vaya si lo sería.

No, estimado lector, no caiga en conclusiones apresuradas, lo sucedido fue mucho más profundo e inexplicable que lo que usted piensa.

Llegaron al hotel, comenzaron a besarse y la sensación de que algo extraño sucedía crecía dentro de Juan. Ni su temperatura ni la de su compañera subían. Ella parecía distante e increíblemente inexperta. Pero él quería llegar hasta el final, ya no se trataba de pasarla bien, quería saber qué había detrás de Bárbara.

Y el secreto fue develado cuando ella quedó desnuda ante él. Resultó que Bárbara no sólo parecía una Barbie, era una Barbie. Su cuerpo era perfecto pero frío porque era de plástico, sus pechos eran lisos y, para colmo de un hombre que había cancelado una cita preexistente para tener el mejor sexo de su vida, ella no poseía ningún tipo de cavidad.

Si bien Juan lo había presentido no podía creer lo que veía. No entendía por qué la naturaleza había creado semejante engendro inspirándose en una corporación multimillonaria tan ajena a los principios naturales. Bárbara era literalmente hueca y plástica.

Pero lejos de sentir bronca por su errónea decisión, Juan sintió una gran pena por su infeliz pareja casual, la vistió, la besó piadosa y dulcemente en la frente y la llevó a su casa en el lujoso auto de Tomás.

2 comentarios:

Blonda Normanda dijo...

Estoy contenta, muy contenta, ya que mi incapacidad por mantener una fuente y un tamaño preciso no modificó en esencia al texto, que me pareció genial. ¡Disculpen las molestias! Espero aprender pronto a publicar como se debe.

P.D: De todas formas pido ayuda a Paradójica o a El que mira el cielo para arreglar estos inconvenientes. (Notarán que el texto cambia de fuente, se agranda, se achica... No es intencional, más bien todo lo contrario. Encima la computadora no deja que lo arregle, en fin. Gracias)

Anónimo dijo...

Qué maravilla de escrito este que recién leí.