viernes, 16 de julio de 2010

La gran enfermedad

En las periferias de lo que hoy seria San Juan, vivía antes de cristo un chaman. Este había dictado a los indígenas una leyenda de reprimendas que debían seguir al ras si no querían caer en la enfermedad mayor (llamada vulgarmente la muerte).
Todos y cada uno de ellos debían de matar a sus hijos primogénitos en un ritual de barro y oro, con oropeles y guirnaldas, con jirones de telas cruzadas en forma de cruz sobre el cristal del sacrificio. La sangre debían de guardarla en un cofre de bronce para luego arrojarla al mar cumplidos los 7 días y luego de una gran peregrinación.
Todos lo hicieron, hasta que un día uno de ellos lo enfrento, dudando de que tal sacrificio fuera a dar resultado. Este fue apresado por un circulo de confianza del chaman y condenado a sufrir en carne propia el misterio de la gran enfermedad.
No dudo un segundo en escapar, ante el descuido de sus custodios para ir a rezar al mar.
Dijo: “Yo que nazco de esta tierra, no mataré ser alguno, ni verteré la sangre de mi hijo, contemporáneo ni ningún amigo. Hasta siempre vida larga que me aguardas, muerte llana que me acechas, bienvenida seas para mi último suspiro”.
Luego fue encontrado y llevado a un valle para su final.
Un minuto antes de su ejecución, cayó el sol poniente y el mar se tiño de lejos en el horizonte admirado. La luz rojiza cegó al chaman y pronto tuvo una revelación. Se dijo a si mismo “Esta muerte está bendita. El sol y el mar se juntan para dar al cielo el color de la enfermedad. El hombre ya está muerto y su condena es la de vivir por siempre muriendo con el sol poniente debajo de sus ojos entre el cielo y los despojos, entre la sal y la espuma y la brisa seca que da la marina.”
El indio se irguió sobre sus piernas y fue derecho a las olas. Se mojó los ojos con la espuma y respiró hondo. Así hubo de hacerlo por el resto de su vida, peregrinando en soledad los mediodías y muriendo en el crepúsculo con el rojo como insignia.
“Has de ser de mi, he de ser por ti. Juntos marcharemos hasta la noche elegida. Juntos rezaremos por la vida que me has quitado y los sueños que has arrebatado. Por siempre seremos el rojo divino que da paño a mis lágrimas y sonrisa a mis ilusiones, así ha de ser, por esta y mil razones.”
Así llegó la noche y el indio murió diluyéndose entre la arena y la brisa. Tan solo hoy nos queda el recuerdo, aquellas tardes, y un sol que brilla.
M.A

1 comentario:

@GonFBA dijo...

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